miércoles, 11 de febrero de 2015

Obrera del Carnaval, cuatro décadas hilvanando fantasías

Cinco cuadras de la calle Ballivián dentro del casco viejo, 500 metros de la vereda norte y 500 metros de la vereda sur colmadas de casas que confeccionan y alquilan trajes de fantasías, fueron recorridas en un taxi hasta llegar a La Gitana, el último lugar que le dio cobijo a la costurera Ángela Felima Ruiz. “Allá es”, dijo al ubicar la tienda que había dejado hace una década, cuando sus pies se volvieron pesados y la luz de sus ojos se fue apagando.

A diez metros un rostro femenino se iluminó con una sonrisa y abrió los brazos para saludar a la que fue una maestra de la máquina de coser a pedal. En pocos minutos otras mujeres se sumaron al recibimiento: “La mama ‘Feli’ vino a visitarnos”, comentaban mientras Ángela recorría la tienda atiborrada de vestimentas típicas de todas partes del mundo. La que primero la saludó, buscó entre cientos de colgadores un tipoy de lienzo con el volao redondo y dijo: “Este es uno de sus tipoy señora Feli”.

La aludida con una nostalgia contenida comentó: “Casi no lo reconozco, ya los ojos poco me sirven”.

Se instaló en el ingreso a La Gitana y recordó la primera vez que llegó a la Ballivián. “Eran dos tiendas de disfraces, llegué a la de doña Élida Ruilowa. Ella alquilaba siempre sobre esta calle, hasta que el local se incendió, luego pasé acá, de donde se puede decir que me jubilé”.

Contó que en épocas carnavaleras trabajaba de 16 a 18 horas diarias para cumplir con los pedidos de tipoys, batas, casacas, trajes de espantapájaros (batas deshilachadas) con barbillo (antifaces con cintas que simulaban máscaras), trajes de dama antigua y trajes de reinas. Hacía entre 10 a 15 tipoys al día, debido a la alta demanda.

Otros recuerdos
Muy joven se casó con Pedro Cuéllar y se fue a vivir al sur del país. Un buen día el hombre que era mucho mayor que ella falleció dejándola “con media docena de muchachos”. Ángela Felima pensó que en la ciudad sus hijos tendrían mejores oportunidades. “Como costurera que era me vine directamente aquí a buscar trabajo y este oficio se convirtió en mi razón de vivir, saqué adelante a mis hijos hasta que los años me fueron pesando. Es bonito volver aquí porque me resulta difícil venir al centro sola”.

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